Sauce Viejo
Cuento por Gabriel
a Mercado

 

El antiguo tren se deslizaba perezosamente sobre las vetustas vías, recorriendo entre zarandeos y recuerdos, la distancia que separaba a Vicente de su pueblo natal. A medida que éste se alejaba de la ciudad, las estaciones en las que iba deteniendo su ociosa marcha, se parecían cada vez más a aquella de su pueblo natal. La misma que hacía tantos años mirara con tristeza; la tristeza que siempre se tiene al partir con la idea de no volver.

Era como un niño viajando por primera vez en tren. La nuca posada en el respaldo del gastado asiento, la cara ligeramente vuelta hacia el empolvado vidrio, y la mirada puesta en el paisaje campero con esas grandes extensiones de tierra surcada sólo por los interminables hilos de alambrados y postes de electricidad, que le hacían recordar, que cuando niño pensaba que se volvían hacia el lugar que se dejaba, puesto que pasaban en sentido contrario al tren.

Ya caía la tarde, y todos los animales del campo buscaban resguardo del frío y la oscuridad de la noche, colaborando con la escena en la quietud curiosa de una postal. Una pincelada de extraña pero hermosa vida agreste.

Ah... ¡cuántas veces había mirado en su juventud la misma puesta de sol sin prestarle la debida atención! ¡Cuánto la extrañaba sin saberlo! ¿Sería posible que tuviera que regresar después de tantos años para darle el valor que ahora se esclarecía ante sus ojos? No podía evitar que el cuerpo le bullera de ansiedad al pensar que al día siguiente en la tarde estaría en su antiguo hogar.

Así, envuelto en sus pensamientos lo asaltó la noche, y con ella, interminables recuerdos que se desplegaron como miles de lucecitas en su conciencia, volando en la colosal oscuridad del campo. En su nariz pululaba el exclusivo aroma del aire libre y puro otoñal. Nadie hubiera podido imaginar cuantas imágenes queridas fulguraban en aquella penumbra tan grande, pero allí estaban, en la mente de Vicente. Las siluetas de los árboles añosos se matizaban en el cielo plagado de estrellas, esos árboles que también se hallaban en el inmenso terreno que estaba al otro lado de la extensa calle de tierra que vagaba frente a su casa, los mismos que recordaba erguidos entre la morada de sus padres y los suelos vecinos.

No hubiera querido dormirse jamás, ansiaba devorar con la mirada toda la belleza que le concedía el paisaje pero el siguiente día lo aguardaba con infinitas sorpresas. Decidió aceptar el descanso. Cerró sus ojos y se durmió mecido por el vaivén del antiguo vagón en que viajaba rumbo a su pasado.

Vicente despertó en la mañana y se estiró para acomodar su adolorido cuerpo. Sus huesos protestaban auxilio, por la incómoda posición que casi los había dislocado.

En dicha tarea se encontraba, cuando entró en el vacío vagón un anciano, que por su aspecto, le pareció campero.

-¡Buenos días! -dijo Vicente. Contentísimo de encontrar por fin alguien con quién charlar, y como yapa(1) quizás también un habitante del pueblo de su niñez.

Vicente se apresuró en acomodar en el portaequipajes el bolso que había utilizado como almohada la noche anterior, con el propósito de hacer lugar en el asiento para que el anciano se sentara a su lado.

El hombre percibió de inmediato la intención de Vicente y se le adelantó diciéndole:

-Perdone, ¿podría sentarme con usted? Me falta poco para llegar a mi pueblo, y como noto que usted proviene de la ciudad, quizás pueda contarme un poquito como están las cosas por allá -continuó el viejo sin esperar respuesta, acomodándose en la butaca-. ¿Sabe?, hace mucho tiempo yo también quise irme pá Buenos Aires, pero... nunca pude juntar la plata para viajar, y ahora... ¿para qué cambiar?, ya no soy joven como usted, y tendría que empezar todo de nuevo, en un lugar que no vá mucho con las costumbres que ya tengo muy arraigadas en mi vida. Pero, no quiero aburrirlo con historias de viejo. ¿Por qué no me cuenta de dónde es usted?

Vicente sonrió con picardía pensando en la sorpresa que le iba a causar al viejo cuando le dijera que él también era nacido en el campo. Entonces respondió:

-Bueno, efectivamente vengo de Buenos Aires, pero yo no nací allí. Hace muchos años, porque no soy tan joven como usted seguro cree, yo también quise emigrar de mi pueblo. Quise probar suerte y marcharme de mi población buscando un porvenir. Sólo que fui más afortunado que usted, creo, y lo pude lograr. Así que llegué a Buenos Aires, encontré un buen trabajo, y me quedé a vivir allá, pero usted sabrá mejor que yo, que el campo siempre se extraña cuando uno nació en sus prados. Por eso, después de quince años de ausencia, me tomé unas vacaciones y me escapé de aquella prisión de cemento y vine para ver mi antiguo hogar. ¿Se imagina?, después de tanto tiempo ver de nuevo a mis paisanos, a mi gente, a mis antiguos amigos... -la imaginación de Vicente lo ausentó un instante en un mar de recuerdos sin que él lo pudiera evitar.

El anciano interrumpió el entusiasmo que notó crecía en Vicente:

-Perdone que lo interrumpa -le susurró-. Pero aún no me dijo cuál es su pueblo.

-Sí, si, es cierto, discúlpeme. Yo soy de Sauce Viejo(2) -respondió Vicente aún aturdido por sus remembranzas.

El viejo pegó un salto y se puso de pie. Sus ojos se tiñeron con una expresión de miedo. Luego de unos segundos de silencio, volvió a sentarse lentamente, ante la mirada atónita de Vicente. Pronto, mirándolo, habló de un modo sombrío:

-Señor mío, si usted vuelve a su pueblo no lo vá a encontrar igual que cuando se marchó.

(1) Propina, añadidura.
(2) Pueblo de la Provincia de Santa Fé, Argentina

-Seguro -contestó apresuradamente Vicente- El progreso llega a todos lados, pero ya estoy preparado para eso.

-¡No! -interrumpió el viejo, con cierta alarma-. No es el progreso lo que cambió a su pueblo -respondió mientras tomaba sus pocas pertenencias y se ponía de pie. Muestra clara que bajaba del tren en la estación a la que habían arribado.

-Pero... ¡Espere!, explíqueme que es lo que trata de decirme -casi suplicó el porteño levantándose, tratando en vano de detener al campesino que se alejaba con paso apresurado.

Su comportamiento le resultó muy extraño. Hasta le pareció que la sola mención del pueblo, le habían agregado al viejo, unos cuantos años más de los que ya tenía, como si su rostro hubiese envejecido de golpe.

El tren se ponía en marcha. El viejo parado en el andén. Vicente lo observaba confundido por la ventanilla. Al pasar su vagón frente al pueblerino, éste tratando de alzar su voz ronca todo lo posible, le gritó:

-Cuando llegue a su pueblo no se quede. Vuélvase en cuanto pueda. No se quede. No se quede... -las palabras se morían con el pasar del tren.

El anciano se disipaba de los ojos de Vicente, pero seguía repitiendo las mismas desesperadas palabras a medida que el tren también se perdía de su vista...

-No se quede... no se quede... no se quede.

¿Qué estará pasando? -se interrogó Vicente-. De todos modos pronto lo sabré - pensó.

El siguiente pueblo era en el que debía bajar. Apenas unas horas más y ya estaría en aquel lugar tan anhelado. Pero en ese instante una duda golpeó en sus pensamientos. El anciano y sus advertencias...

-Debo encontrar alguien que me diga lo que está sucediendo -meditaba en voz alta.

Entonces fue que se percató de algo, que en algún momento sólo le había parecido una extraña sensación en el ambiente y en ese momento cobraba sentido. Si, el tren estaba desierto. Sólo se encontraban en el aparato, quienes lo conducían y él mismo. Los últimos pasajeros que lo abordaban habían descendido en el pueblo que acababan de dejar a las espaldas.

Transcurrido un tiempo del cual ni se había percatado. Un par de horas en las que lo único que había hecho era pensar y pensar en los hechos tan extraños que había vivido, ya casi se había olvidado cuánto esperaba llegar a destino. Eran las últimas claras del día cuando el silbato retumbó en sus oídos; el silbido le anunciaba la meta tan ansiada.

Vicente asomó por la ventanilla, precipitadamente, casi medio cuerpo, y allí lo vió. ¡Su pueblo!

El tren comenzaba a detenerse, pasó lentamente delante de un añejo cartel negro con letras que en algún tiempo habían sido blancas, que decía: “Sauce Viejo”. Le llamó la atención el estado del andén y la casilla del jefe de estación, pues las recordaba muy bien cuidadas, y ahora se hallaban en un estado de total abandono. Sus paredes descascaradas, los vidrios sucios y algunos hasta rotos; el pasto crecido en los bordes del andén y en medio de los durmientes de las vías. Algunas carretillas, antes usadas para transportar las valijas de los pasajeros, yacían como muertas, indicaban un largo período de inactividad. Los árboles que cercaban la estación en toda su extensión, ya no estaban pintados de blanco, a la cal, como en el pasado. Casi no existía el alambrado con la ligustrina(3) que era recortada con tanta prolijidad en antaño.

El silbido del tren que se ponía en marcha, lo trajo nuevamente a la realidad. Y entonces, en ese momento, se dió cuenta que se encontraba solo. No había nadie en varios kilómetros a la redonda. Ni siquiera había notado quien había puesto en el borde del andén el resto de su equipaje. Quienquiera que lo hubiese hecho parecía haber huido rápidamente hacia el tren como un fantasma. Hasta la misma locomotora le pareció arrancar mucho más a prisa que en el resto de los poblados en los que se había detenido antes. Cuando el último de los vagones desapareció en la distancia, Vicente apreció la gran soledad que lo rodeaba.

Con su bolso y la valija en las manos, giró sobre sus pies para contemplar su alrededor. Tan sólo el camino de tierra que lo conducía a la ciudad apareció ante sus ojos. Nadie en los campos linderos. Ningún rastro que demostrara la presencia de un ser humano.

Miró al cielo y comprobó que pronto anochecería. Debía iniciar la marcha de inmediato si no quería que lo tomara la noche en medio del campo y sin ninguna linterna para proporcionarse luz. Además, no tenía nada que comer y estaba hambriento.

A medida que caminaba, iba percibiendo con mayor intensidad lo desértico que estaba el lugar. Ninguna persona deambulaba en el campo, ningún animal se divisaba a la intemperie. Ni caballos, ni vacas, ni ovejas, nada...

A la distancia, distinguió las primeras casas agrupadas en la entrada del pueblo. Aproximándose, avistó a un hombre sentado en un tronco a la vera del camino, a escasos cien metros de donde él se encontraba, y apresuró su marcha para abordarlo.

Aún restándole poca distancia no lograba discernir el rostro de la persona que tenía delante, el sujeto tenía su cara mirando en dirección al pueblo, contrariamente a él. Las manos apoyadas en las rodillas, la espalda doblada hacia delante. Rígido como una estatua.

Recién cuando Vicente llegó a su lado, el hombre se volvió lentamente hacia él. Sus miradas se toparon por un instante, ambos parecían no poder dar crédito a lo que observaban.

(3) Ligustro, mata.

El hombre sonreía agotadamente. Sus ojos tenían una extraña expresión de agrado y ahogo al unísono. Su boca entreabierta dejaba ver la lengua húmeda que asomaba, y un poco de saliva que se escurría por las comisuras de sus labios.

Vicente lo reconoció de inmediato. Era “Ché”(4). El bobo del pueblo. Aquél a quien nadie tenía en cuenta para nada. El que era objeto de todas las burlas y bromas pesadas de entonces. Nunca nadie supo su nombre, ni conoció a familiar alguno. Además, a nadie le importaba. Todos lo llamaban: “Ché” de aquí... ”Ché” de allá; cuando lo querían utilizar para algún encargue, de esos que nadie quería hacer. Él siempre obedecía sin quejarse ni poner reparos. No tenía a nadie que velara por él. Nadie lo defendía...”Ché”, como se lo había bautizado, nunca contestaba. Los únicos sonidos que emitía eran guturales, y siempre con la misma triste y flemática sonrisa.

Vicente soltó su equipaje y lo abrazó con gran emoción. Además del tiempo que hacía que no lo veía, era el primer ser vivo que en varios kilómetros de trayecto había encontrado. “Ché”, imitaba las muestras de afecto que Vicente le brindaba en una extraña mezcla sonidos broncos y movimientos agitados, seguramente sin entender nada. Pero eso no importaba. Eso tampoco importaba de “Ché”.

Imprevistamente, “Ché” dejó de emitir aquellos sonidos ásperos y roncos de su saludo, abandonó su inexpresiva sonrisa y se sentó nuevamente, tal y como Vicente lo había encontrado. Instantáneamente quedó inmóvil, no volvió a dar muestras de nada, como si nada hubiese pasado. Sólo contemplaba la silueta del pueblo que comenzaba a encender las lámparas por la llegada de la noche. Sin mucha importancia Vicente dejó al mostrenco y se encaminó hacia su pueblo.

(4) Interj. con que se llama, se pide atención a una persona.

Al entrar al caserío, Vicente observó algunas personas desconocidas que se apresuraban en introducirse en sus casas. En todas direcciones se escuchaban los ruidos de las cerraduras, cadenas y trancas con que los habitantes reforzaban sus puertas y ventanas. Parecía que los habitantes se estuvieran preparando para una guerra. Hasta le dió la sensación de ser observado desde cada casa por la cual pasaba, como si estuvieran al acecho de un enemigo.

Luego de caminar varias calles, observó que el pueblo se hallaba en una mezcla de progreso y estancamiento. Notó que en algún tiempo aquella comunidad había intentado mejorar su existencia, se habían levantado casas nuevas, apisonado los terrenos para edificar, pero todo eso, por alguna inexplicable razón parecía estar abandonado. Como si los lugareños hubiesen huido de alguna forma imprevista, dejando todos sus proyectos interrumpidos y por la mitad.

Algunos vecinos que caminaban en su dirección, cruzaban la calle y apuraban el paso al encontrarse súbitamente con él. Vicente los miraba sin comprender el motivo de las expresiones de desconfianza de sus rostros al verlo.

Todo era terriblemente extraño, se podía hasta percibir cierto temor en el aire. Todo era ligereza primero y quietud luego.

La cerrazón era casi total, cortada únicamente por las luces pequeñas de las esquinas. Apenas una lámpara con un casquito, colgando de un cable que cruzaba la calle de un poste a otro.

Al doblar una solitaria esquina escuchó una música muy tenue, acompañada por un murmullo de personas. Los sonidos se escapaban de un local en la mitad de la cuadra. No brotaba luz del interior del inmueble. Al llegar al lugar, observó que las ventanas y la puerta habían sido preparadas para que la actividad interior se notara lo menos posible desde la calle.

Vicente golpeó fuertemente la puerta para que le abrieran, luego de un instante de nerviosos movimientos en el interior, alguien espió por la diminuta mirilla.

Le sucedieron ruidos de cadenas, llaves y cerrojos descorriéndose. La puerta se abrió y alguien desde dentro agarrando a Vicente de un brazo, lo introdujo con violencia en el interior. Luego cerraron la puerta apresuradamente.

Adentro todo era distinto. La música moderna a todo volumen, luces de adorno, gran cantidad de jóvenes de ambos sexos vestidos a la moda, pero con innegables características de ser del lugar, humo de cigarrillo por doquier, refrescos y comida a granel, gran cantidad de charlas al mismo tiempo de los distintos grupos de personas que se amontonaban, chocando por un pequeño espacio donde bailar y tratando de entenderse a los gritos por sobre la estridente música.

Vicente no salía de su asombro. Soledad y miedo afuera, algarabía y música adentro. Todo sucedía muy rápido. Todos eran muy extraños. Encima no podía reconocer ningún conocido de su juventud que lo hiciera sentir más tranquilo.

Por poco olvida que lo habían introducido de un tirón en aquella guarida. No había volteado para averiguar quien había sido, fue tan grande la sorpresa de lo que vió cuando lo empujaron al interior, demasiado contrapuesto con el exterior, que quedó petrificado sin poder reaccionar. Luego de unos breves momentos en los que logró reponerse de su asombro, casi con la boca abierta, giró lentamente con cara de tonto hacia la puerta. Un joven robusto, pero con cara simpática, sin dejarle articular palabra le extendió la mano para saludarlo, al mismo tiempo que decía:

-Mucho gusto, mi nombre es Juan. Seguro que sos nuevo por aquí. ¿Cómo te llamás?

-Me llamo Vicente... y sí, ahora soy nuevo por aquí -contestó el de la ciudad casi tartamudeando.

-¿Cómo que ahora? ¿Sos nuevo o no?

-Perdoná..., lo que pasa es que todavía no me repongo de la sorpresa -trataba de disculparse Vicente-. Sucede que yo nací en este pueblo, para ser más exacto a dos cuadras por esta misma calle, pero hace como quince años me fuí para Buenos Aires - contestaba esforzándose por hallar las palabras en su cabeza-. Y ahora vine a pasar unas vacaciones acá, creyendo que todo era más o menos como en aquellos años, pero me encuentro con una rara mezcla... Todo parece igual, pero a la vez todo está distinto. No puedo evitar el estupor.

-Si, entiendo. Además dejame decirte que sólo alguien que no vive hace tiempo aquí puede andar por la calle cuando cae la noche. Nadie en su sano juicio lo haría si conoce la zona.

-Pero, ¿por qué?¿Qué es lo que pasa aquí?

Juan, que hasta ese entonces sonreía, se puso serio y dijo:

-Vení, te invito a la barra a tomar algo y te cuento lo poco que sé.

-¿Cómo lo poco? -preguntó atónito Vicente acompañándolo.

-Bueno, es muy difícil de explicar pero voy hacer el intento. Yo soy hijo de una familia que compró un pequeño campo por aquí cerca a un antiguo poblador hace unos años. Como nosotros, vinieron muchas personas nuevas a este lugar buscando una vida mejor, sabrás de las bellezas y la tranquilidad de estos pagos(5). Pero ahora, el pueblo está quedando desierto. Quedan muy pocos habitantes antiguos que seguro vos conocés; recién los vas a ver mañana cuando sea de día y algunos de los nuevos que llegaron como yo, también se marcharon rápidamente, y otros simplemente desaparecieron.

-¿¡Desaparecieron!?

-Sí, desaparecieron. De la noche a la mañana. Y dá la casualidad que todos los desaparecidos se encontraban fuera de sus casas durante la noche.

-Pero... ¿supongo que los buscaron? -ahora su sorpresa era más grande.

-Si, durante todo el día, y algunos durante la noche también; o al menos eso creo.

-¿Cómo que al menos eso creés?

-Si eso creo, porque los que salieron a buscar de noche, también desaparecieron.

(5) Pueblo, lugar donde se ha nacido.

-¿¡Todos!? -preguntó preocupado.

-Si Vicente, absolutamente todos. No importaba si salían solos o en grupos. De cualquier forma que lo hicieran, adiós... nunca más los hemos vuelto a ver.

-¿Desde cuando está pasando esto?

-Desde hace como tres años. Algunos decidieron combatir “eso”, o lo que fuera. Pero nunca regresaron. Y lo que es peor, nunca hallamos señales de lucha alguna.

-¿Esto sucede dentro o fuera de la ciudad?

-En cualquier sitio que estés en la noche. No importa si es en el campo o por las calles del pueblo. A veces, estamos dentro de la casa y de repente se escuchan unos gritos que son casi irreales; como un bramido muy potente, otras como un gruñido, nadie lo ha podido describir con exactitud. Lo cierto es que detrás de cada uno de estos sonidos, a veces cerca, otras lejos; siempre alguna persona o algún animal desaparece. Y jamás nadie de los que se esfumaron ha vuelto para decirnos que es lo que anda allí afuera. No sabemos de que tenemos que defendernos. Quizás hasta en este mismo momento ande caminando enfrente a este local...

-Pero si pasan estas cosas, ¿cómo se animan a estar aquí en este momento? -comenzó a asustarse Vicente.

-Durante mucho tiempo vivimos encerrados en nuestras casas. Asustados, sin tener un lugar donde pasar un rato agradable y olvidar que la noche nos trae destrucción. Era

una locura, nos obsesionábamos tratando de calcular bien el tiempo para que no nos atrapara la oscuridad fuera de casa. Pero esto es campo, las distancias son muy largas y engañosas, y por mucho que nos esforzáramos podríamos tener un mal cálculo y no llegar antes del anochecer. Si eso pasara, en alguna casa habría una persona menos. Fue así que pensamos en utilizar este lugar que perteneció a alguien que quiso instalar un boliche(6), un sitio donde escuchar música, bailar y divertirnos, hace tiempo cuando nuestro pueblo se encontraba en auge y no lo pudo hacer realidad. Este hombre volvía de la ciudad cuando lo sorprendió la noche en la mitad de la entrada del pueblo. Desde ese entonces, ya nunca lo volvimos a ver. Esa noche escuché los sonidos que te describí antes, y el lugar quedó abandonado.

-Si, pero eso no me contesta la pregunta. Todos aquí corren el mismo peligro -dijo Vicente interesado.

-No, no entendiste. No importa si la casa es grande o chica, nunca te pasará nada si no estás a la intemperie. Al menos hasta ahora nunca le sucedió nada a nadie que se hallara dentro de una casa. Date cuenta que estamos en un lugar del pueblo bastante accesible. Siempre que alguien no alcance su hogar, tiene la posibilidad de refugiarse aquí, por eso este lugar es tan importante para nosotros.

De repente un desgarrador alarido surgió por sobre todo el bullicio. Un aullido, como de un animal gigantesco, que se oyó en todas las inmediaciones. Todos callaron al unísono para escuchar.

(6) Bar, discoteca.

Jamás Vicente había escuchado un grito tan espeluznante. Le pareció que la sangre se le congelaba en las venas y un escalofrío le recorrió el cuerpo entero. Fue como si por primera vez conociera el verdadero significado de la palabra miedo. Todos abrigaban la misma sensación. Nunca los lugareños se iban acostumbrar a aquella presencia aunque la padecieran noche tras noche. Los gruñidos en la calle se alejaban lentamente y el piso vibraba como si soportara un descomunal peso. Cada paso se podía sentir en el propio cuerpo, y los elementos de vidrio cimbraban ante cada pisada de un gigantesco pie, igual que temblaban cada uno de los presentes.

Lentamente se alejaron los sonidos.

El primero en pronunciar palabra fue Juan y dijo con pesadumbre:

-Mañana alguien ya no estará con nosotros -y dirigiéndose a Vicente preguntó- ¿Te das cuenta que de no estar en este lugar, podrías haber sido vos?

Vicente sintió que cada pelo de su cuerpo se erizaba, y un espanto imprevisto le hizo derramar una lágrima involuntaria, más aún, al contemplar a los presentes, comprobó que todos tenían las mejillas húmedas también y eso lo acongojó mucho más.

-Mañana, cuando amanezca -pronunció Juan- entonces todos nos iremos a nuestras casas. Te aconsejo Vicente, que te quedes con nosotros aquí -le dijo mirádolo a la cara-. No sea cosa que tengamos que escuchar los gruñidos dos veces en la misma noche.

Algún árbol se precipitó a tierra antes de que se perdiera el último lejano bramido.

-¿Qué será tan potente como para derribar un árbol tan fácilmente? -se preguntaba Vicente en voz baja como para que no lo oyeran los demás.

Ya nadie bailó dentro del local. Todos quedaron con los oídos en la calle. Por primera vez esa noche, algo había golpeado en la pared del local, (quizás sin querer) quien sabe...

La noche fue dejando lentamente paso al día, y con las primeras luces, todos salieron paulatinamente camino a sus hogares. Muy cerca de allí alguien lloraba.

Los últimos en abandonar el lugar fueron Juan y Vicente. En la calle comenzaba el movimiento. Todos tenían en sus rostros vestigios de haber dormido poco o casi nada. Vicente dejó caer su equipaje para estrechar la mano de Juan en señal de despedida, ya que ambos iban en sentidos contrarios.

Luego del saludo Vicente comenzó a caminar mansamente mirando para todos lados, tratando de descifrar a las personas y buscando, al mismo tiempo, señales de “la cosa”, que en la noche, anduviera en el lugar. De pronto un rostro conocido; Don José, un hombre de anchas espaldas y manos curtidas por los años. Aún demostraba fortaleza su físico, pero el rastro del tiempo era inconfundible. Los ojos de Don José denotaban un cansancio y una tristeza, que sospechó Vicente, iban mas allá del paso del tiempo.

Dejó sus maletas en medio de la polvorienta calle y corrió a saludar a su tan recordado amigo. En un segundo en su mente se dibujaron todos los recuerdos con respecto a su paisano. Lo recordaba perfectamente, con su enorme maza golpeando un trozo de hierro al rojo vivo, recién salido de la fragua(7) a manija repleta de carbón de coque encendido. Los golpes del martillo en el metal sobre el yunque, se confundían con el tañido de la campana de la iglesia, que a esa hora de la mañana convocaba a misa.

Vió nítidamente frente a él como una película, después de quince años, a doña Filomena (la esposa del herrero), sacando del horno de barro, una pieza de pan casero humeante, canturreando unas coplas antiguas. Aquel pan que él tanto saboreaba y ahora extrañaba.

En pocos pasos, Vicente se encontraba abrazando con fuerza a don José, quien asombrado, no comprendía porque aquel desconocido lo estrechaba entre sus brazos con tanta vehemencia.

Apartándose con algo de trabajo, pero sin descortesía, don José tomó un poco de distancia para observar al forastero. Luego de estudiarlo con el entrecejo fruncido fue reconociendo aquel rostro familiar.

-¡Muchacho! -exclamó lleno de alegría al mismo tiempo que sus ojos se humedecían de emoción -.Vos por aquí. ¡Tantos años!

Pero el contento del viejo al instante se tornó preocupación y le dijo:

-Pero...no. ¿De qué me alegro?¿Qué viniste hacer a este pueblo maldito? -y hablando en tono solemne agregó-. Mire, le voy a decir una cosa m’ hijo no hay nada que valga la pena por aquí. Mañana mismo debe marcharse.

El viejo estaba dando por terminada una conversación que para Vicente recién comenzaba. Entonces el muchacho se apresuró a decir:

(7) Fogón donde se calientan los metales para forjarlos.

-¡Don José! -contestó Vicente con tristeza y asombro-. ¿Cómo que vine a buscar? ¿Cómo que no hay nada que valga la pena? ¿Y usted y doña Filomena? ¿No valen la pena? Además yo sé porque usted me está diciendo esto. Y créame que hasta pasado mañana no pasa ningún tren rumbo a Buenos Aires.

-¡Basta! -casi rugió Don José-, a Filomena no la vas a poder saludar -dijo desplomándose en un derruido banco y cubriéndose con las inmensas manos el rostro para ahogar las nuevas lágrimas que lo amenazaban, pero que esta vez no eran de alegría sino todo lo contrario.

A Vicente se le sacudió el cuerpo como por un relámpago. Recordó velozmente los gruñidos de la noche anterior, le llamó la atención que doña Filomena no estuviera junto a Don José, la recordó a ella tan alegre y en un instante comprendió la tristeza de aquel viejo abatido en el sillón.

Se sentó en silencio junto a Don José. Su mirada se perdió como buscando las palabras propicias para aquel momento. Luego, pasando con ternura su brazo sobre el hombro de su amigo, le susurró:

-¿Qué fue lo que le sucedió a doña Filomena?

Un fugitivo silencio los inundó, hasta el aire parecía pesado. Después, de unos segundos que parecieron horas, el viejo logró contestar :

-Hace más o menos tres años, este pueblo era tranquilo como vos lo conociste de pibe. Algunos chicos de tu edad ya se habían convertido en muchachos, y llegaron otros con sus familias. Los jóvenes nuevos trajeron consigo algunas costumbres feas, como la de juntarse en las esquinas a tomar cervezas y vino, pero tomaban demasiado y se emborrachaban, además se divertían haciendo bromas pesadas a todo el vecindario. Muchos de los muchachos de aquí comenzaron a imitarlos. Un día se la agarraron con el pobre “Ché”, que venía de hacer un mandado ¿vos te acordás de ese pobre cristiano que no le hacía mal a nadie? -Vicente respondió afirmativamente con la cabeza-. Bueno, entre todos, no se les ocurrió mejor idea que empujarlo de un lado a otro para que soltara lo que traía en las manos. Hasta que alguien gritó: ¡Vamos a colgarlo de un árbol!

Filomena, que estaba lavando la ropa en la pileta del patio, escuchó el alboroto y salió a la calle para ver que pasaba. Vió al pobre “Ché” con los ojos fuera de sus órbitas del miedo, todo sucio por los revolcones que había sufrido, y colgado de abajo de los sobacos de un árbol.

Del otro lado de la soga, cuatro truhanes tiraban para seguir subiéndolo, mientras otros cuatro se reían a carcajadas con el espectáculo.

El pobre “Ché” lloraba, y por única vez se lo escuchó gritar muerto de pánico.

Con todo ese bullicio, yo que estaba durmiendo la siesta, me desperté. Salí rápido hasta la puerta y llegué en el momento en que Filomena le daba una cachetada a uno de los mal educados. Esos delincuentes soltaron la soga y se le echaron encima a Filomena y comenzaron a pegarle. El infortunado “Ché” cayó al suelo de una gran altura y quedó desmayado del golpe.

Yo, furioso, llegué al lugar y empecé a los golpes contra los cobardes, que se espantaron como gallinas, y mientras huían nos gritaban amenazas.

Dos días después, estábamos terminando de cenar y Filomena se levantó de la mesa para buscar más vino del galponcito del fondo. No era muy tarde aún, pero la noche estaba bastante oscura -el viejo hizo una pausa, su rostro parecía consumarse de espanto.

Luego de unos agonizantes segundos el viejo prosiguió:

-Hacía un rato que había salido. Y entonces escuché su voz en un grito de terror, mientras se oían ruidos de maderas rotas y golpes. Me levanté como un rayo, agarrando el rebenque(8) y dando insultos contra aquellos pendejos que creí habían vuelto para vengarse por lo de los otros días -sus ojos se abrieron hasta casi salírsele, y las lágrimas brotaron como de una fuente-. Cuando llegué afuera, el terror me paralizó en la puerta. Ví algo escurriéndose entre los matorrales del fondo. Era gigantesco, casi tenía la misma altura que los árboles. Por la oscuridad, sólo distinguí la sombra de aquella cosa. Por un momento se dió vuelta para mirarme y detuvo sus pasos, creo yo desafiándome, como si esperara que lo siguiera. Nunca podré olvidar esos ojos luminosos y rojos, llenos de una expresión brutal, que me observaban desde la altura de la copa de los árboles -Don José comenzó a llorar y con trabajo articuló las últimas palabras de su relato-. Nunca le tuve miedo a nada en este mundo, pero justo cuando Filomena más me necesitaba, yo escapé como un cobarde. Igual que un niño asustado. Pude ver a mi esposa... o lo que quedaba de ella, colgando de las garras de esa maldita cosa que se ocultaba en la espesura gruñendo y gritando, como jamás yo había escuchado a criatura alguna en este mundo. Nunca más supe de mi Filomena -hizo una pausa como rezándole-. Desde esa noche, ya nunca dejó de salir esa bestia en busca de sus víctimas. Siempre aparece, y pobre de aquel que no se encuentre a cubierto cuando sale de cacería. Jamás se encuentran los restos.

Don José se levantó preso de grandes agites de llanto y entró en el desvencijado rancho. Antes de desaparecer en el interior, miró de nuevo a Vicente y dijo:

-Andáte muchacho. Este pueblo está maldito y no quiero perder a dos seres queridos. Por favor, si en algo aprecias tu vida y a este viejo hacéme caso, andáte...andáte...

(8) Látigo recio que lleva el jinete.

Vicente se resistía a creer lo que estaba sucediendo. Le parecía estar viviendo una película de terror. Comenzó a caminar lentamente en busca de su equipaje que había dejado olvidado en medio de la calle. Luego de alzarlo se dirigió hacia su antiguo hogar. El corazón le latía con mayor fuerza a medida que se iba acercando. Su caminata había encontrado el destino. Allí estaba. Su casa...

Parado en la destrozada vereda(9) miraba sin poder dar crédito a sus ojos. Sus sentimientos eran confusos, mezcla de asombro, emoción y dolor.

La pequeña pared de piedras, antes adornada con flores y macetas, estaba ahora semi derrumbada y cubierta de musgo. La casa estaba a unos diez metros de dicha cerca, antes visible desde la calle. Tenía un hermoso parque con floridos arbustos y árboles añosos. Hoy ya no se veía, pues la maraña de ramas lo impedía.

Tuvo que esquivar muchas de esas ramas para llegar a la entrada de la vivienda. Empujó la puerta que se encontraba entreabierta, cubierta de rendijas y telarañas. Sólo tenía una de las dos bisagras. No le fue fácil terminar de abrirla y entrar. Una vez adentro, el panorama que encontró fue desolador. Todo estaba cubierto de polvo. Los jirones de género que colgaban de las ventanas, señalaban que alguna vez habían existido cortinas en ese lugar. Fue pasando su mirada lentamente por todo el cuarto. Levantó una de las sillas que estaba volcada, y luego de sacudirla con su pañuelo, se sentó en ella. Del piso de madera asomaban algunas matas de pasto que se habían colado por las uniones de las tablas.

Nadie había estado allí en años. No existían lámparas, ni instalaciones de las mismas, sólo algunos cables colgando en rincones del techo, que servían de anclaje para las incontables telarañas. Todo era sombrío. Todo era abandono. El pequeño recinto, que había sido en un tiempo el comedor, parecía ahora el cuarto donde se guardan los trastos viejos.

Vicente fue siempre una persona emprendedora, capaz de arreglar o hacer cualquier cosa que se propusiese, pero le parecía casi imposible reparar algo de esa tapera(10). Pensaba en las herramientas que no poseía para arreglar todo aquel desorden.

-¿Cómo reparar algo sin ningún elemento?, y por sobre todas las cosas, ¿para qué repararlo? -se autointerrogaba.

Su mente hizo un rápido repaso de la situación. Ya no conocía a nadie en ese pueblo. Las únicas personas a quienes había reconocido no podían ayudarlo. “Ché”, el bobo, no tenía hogar donde dejarle pasar la noche pues ni él mismo siquiera tenía donde dormir. Don José, tenía el espíritu quebrantado, y no deseaba compañía que le hiciese recordar a su familia. ¿Dónde dormir entonces?, pues ése era el problema, la noche. Tenía que pasarla en algún lado a cubierto. No podía deambular por las calles cuando llegara la oscuridad, y los vecinos estaban demasiado ocupados para ayudarlo. No le quedaban muchas opciones para elegir. Así, que decidió que lo primero que tenía que hacer era limpiar un pequeño lugar en esa pocilga para poder descansar.

(9) Acera.
(10) Habitación ruinosa y abandonada.

Salió de su casa y se dirigió a un almacén de ramos generales. Compró una escoba y algunos alimentos para el almuerzo y la cena. Además de un paquete de velas y algunos clavos y un martillo.

De regreso en la casa comenzó la tarea de inmediato. Lo primero en reparar fue la ventana y la puerta. A la primera le cruzó y le clavó unas maderas para que quedara clausurada, y no pudiese colarse algo o alguien por ella. A la puerta le volvió a colocar las bisagras en su lugar, para poder abrirla y cerrarla sin dificultad. Luego reparó la tranca de madera que tenía y le agregó un pasador de hierro para mayor seguridad.

Después de algunas horas de trabajo, se sentó muy cansado por el esfuerzo, y se dispuso a almorzar. Era la una de la tarde. La labor le había abierto un apetito voraz. Y sólo en el almuerzo consumió todo lo que había comprado para dos comidas.

-Y bueno, a la tarde me preocuparé por la cena -dijo Vicente en voz alta como si conversara con alguien.

Se levantó y continuó la tarea. Se dirigió al terreno del fondo para juntar un poco de pasto seco que le sirviera de cama donde dormir esa noche. Miró el lugar con desazón. Parecía que la casa estuviera edificada en medio de la selva.

Juntó el pasto y volvió a entrar luego de rodear la casa para echarle un vistazo general. Lo último que hizo fue limpiar la maleza que le obstaculizaba el camino hasta la vereda. Al mirar su muñeca el reloj marcaba las cinco de la tarde.

Vicente sacó ropa limpia de su maleta y luego de ponérsela salió nuevamente a la calle. Nada se parecía al pueblo que él había abandonado hacía quince años. El paisaje casi era el mismo, pero la actitud de la gente era otra. Todos estaban como nerviosos, apresurados. Observó restos de casas sin techos, abandonadas en la mitad de su construcción, invadidas por plantas y enredaderas. Todo estaba terriblemente entristecido.

Llegó casi a los límites del pueblo en su melancólico recorrido. Cruzó la ancha calle de tierra y pasó por debajo del alambrado que marcaba el comienzo del campo. Ese lugar si era diferente. La mirada se le perdía en el inmaculado horizonte. El pasto era muy verde y fresco. El olor a campo que él había añorado encontrar lo envolvía, y se le llenaron los pulmones de aire puro. Se tiró en la hierba, boca arriba, y contempló el cielo limpio, de un color azul rojizo por la caída del sol.

-¡Qué paz! ¡Qué cansancio! -murmuró Vicente.

Cerró los ojos para poder sentir sólo la brisa, y dejó que su cuerpo se fuera relajando. Todo el cansancio de un día agotador se fue esfumando. Le pareció que hasta las aves enmudecían para que su paz fuera completa, y la brisa se hubiese tornado más fresca.

Abrió los ojos y advirtió con espanto, que en efecto las aves habían enmudecido y la brisa era demasiado fresca. Se paró de un salto. Había llegado la noche mientras él dormía sin saberlo.

-Quizás pueda llegar al local -se repetía con desesperación, mientras corría velozmente -. ¿Cómo pude hacer semejante estupidez?

Llegó corriendo hasta el local danzante y descubrió con terror, que no había nadie en su interior. La oscuridad se había apoderado completamente del pueblo. Cada sombra le parecía un atacante.

-Tengo que serenarme -decía como un lamento, mientras aplastaba la espalda contra la pared. Trataba de penetrar con sus ojos espantados en la tinieblas del pueblo.

-¡La casa! Tengo que llegar hasta la casa. Sólo son dos cuadras de aquí -se animó.

Su mente lo atropellaba deliberando si era mejor ir contra la pared o por el medio de la ancha calle.

-¿Qué hago cuando llegue a uno de esos malditos terrenos baldíos? -sus oídos se agudizaban para captar cualquier mínimo ruido.

Ya había llegado al final de uno de los potreros, cuando su instinto le dijo que algo lo seguía entre la maleza. Sentía que sus pies querían correr más aprisa que su aturdido cuerpo. Le latía el corazón con una terrible fuerza. Una rama se quebró a un costado y a sus espaldas, venía del descampado. Un frío intenso le recorrió la espalda y estaba bañado en sudor. Sabía que algo lo estaba acechando. Podía sentir entre los árboles la respiración agitada y áspera de su cazador.

Luego, se materializó un silencio absoluto. Vicente se moría de ganas por darse vuelta, pero el miedo lo obligaba a seguir huyendo. Casi de inmediato una rama se rompió y de nuevo el jadeo, pero esta vez delante de él. Le parecía increíble como una cosa tan grande pudiera moverse con tanta agilidad y en absoluto silencio. Apenas unos metros lo separaban de la casa, pero al llegar a la esquina Vicente descubrió con horror que los jadeos se habían convertido en gruñidos.

Un perro ladró violentamente a sus espaldas, y el gruñido se transformó en un terrible bramido de odio al escuchar al perro. Vicente sin proponérselo, comenzó a correr desesperadamente aprovechando el milagro. Mientras corría, sentía que algo derribaba ramas a sus espaldas. Fugando atropelladamente, atravesó el camino que horas antes había librado de la maraña, y se zambulló dentro de la casa.

Sus manos torpes por el terror casi no podían poner la tranca y el cerrojo a la puerta. Al fin a salvo, miró por una de las ranuras y vió una masa gigantesca que le obstruía la visión parada en el umbral de la casa. La oscuridad y la proximidad de la bestia no le permitieron ver con exactitud el aspecto de la cosa. El perro seguía ladrando con furia.

La luna dejó ver una sombra enorme que se alejaba. Luego, un gruñido a la distancia y el perro enmudeció. Vicente no podía apartarse de la ranura por la que espiaba, el miedo lo tenía paralizado. De haberlo hecho no hubiese visto la inmensa sombra que volvió a pasar frente a su casa, y que se detuvo mirando hacia la puerta con sus furiosos ojos iluminados de un color rojo intenso. En la titánica masa negra,

resaltaban aquellos ojos de fuego, y unos colmillos blancos que sobresalían de los costados de la lengua. Tenía el cuerpo cubierto de pelo muy largo. La criatura resopló por un instante como si la ansiedad de atrapar a su presa no lo dejara respirar.

Con un rápido movimiento, la criatura se irguió olfateando el aire con el hocico apuntando hacia el cielo, y a un lado del camino. Se detuvo un instante y luego, con increíble rapidez giró y se deslizó hacia el sitio que rastreaba.

Vicente se apartó de la puerta, hacia el fondo de la habitación, tratando de no hacer ruido, preso aún de grandes temblores. Se sentó en el montón de pasto que había amontonado esa tarde y se quedó acurrucado en la penumbra de la habitación, escuchando el sonido de las ramas que se rompían al alejarse la bestia. Luego silencio... Después de unos escasos segundos, se escucharon apagados por la distancia los mugidos de una vaca, seguidos por un escalofriante aullido que parecía de ultratumba.

Vicente calculó espontáneamente la distancia que había cubierto la criatura en el escaso tiempo y se estremeció. Había tenido la suerte de su lado. Sin pensar se había puesto las zapatillas que usaba para correr todos los días en Buenos Aires, y en el apuro por salir esa tarde, no había cerrado la puerta de la casa. De haberlo hecho, no estaría allí sentado temblando de miedo.

Las primeras luces del día, sorprendieron a Vicente en la misma posición en la que se había puesto la noche anterior. Sentado de espaldas contra la pared, las rodillas contra el pecho y abrazadas, en tanto su cabeza se apoyaba en las mismas. Un rayo de sol que se filtraba por una de las tantas hendijas, le daba justo sobre los ojos; eso lo obligó a salir del aturdimiento en que estaba inmerso. Se fue incorporando lentamente y fue allí que descubrió las heridas que había sufrido en las manos y en una pierna, cuando en la noche entrara tan abruptamente en la casa. Todos sus movimientos eran lentos, pasaba su mirada como un autómata por sus heridas, por las paredes, puerta y ventana, como queriendo convencerse de que aún estaba vivo. Vivo y extenuado.

Todavía no se había recuperado de la experiencia nocturna, cuando en el exterior se sintió un gran alboroto. Un grupo de jinetes llegaba a todo galope por el centro de la calle, y un grupo de vecinos salía a su encuentro. Vicente salió justo en el momento que los paisanos se bajaban de sus monturas, casi sin detener sus caballos. Todavía no se había disipado la polvareda, cuando Vicente se les unió en la esquina en la que se encontraban. Uno de los jinetes comenzó a gritar al tiempo que amarraba su caballo:

-Esto no puede seguir así. Es hora que hagamos algo o abandonemos el pueblo.

Otro de los paisanos que había llegado con aquél agregó:

-No señor, yo no me voy de este pueblo. Tenemos que inventar un plan para matar a esa cosa antes que ella termine con todos nosotros.

-¿Qué pasó? -preguntó Vicente.

La voz de un tercer jinete que llegó a sus espaldas respondió:

-Anoche el monstruo mató una de las vacas que estábamos arreando.

Vicente giró para ver quién había respondido. La voz le parecía conocida.

-¡Juan!- exclamó Vicente al reconocerlo- ¿Qué estás haciendo con esta gente?

El murmullo de todos los vecinos era ensordecedor. Juan se filtró entre la multitud, mientras contestaba a Vicente.

-Esta gente es empleada en el campo de mi padre. Yo estaba con ellos cuando pasó todo.

El hombre que había sugerido la idea del plan, continuó hablando en voz alta. Todos callaron para escucharlo.

-Cuando llegó la noche, recién terminábamos de meter todas las vacas que veníamos arreando en el establo cubierto. Ya estaba bastante oscuro. Cuando estaba por cerrar el portón, escuchamos el grito de la criatura que venía de aquí, del pueblo. Todos nos quedamos escuchando muy callados, cuando una de las vacas se escapó por el portón que me había olvidado de cerrar. Casi salgo a buscarla, teniendo en cuenta que la cosa estaba tan lejos. Menos mal que no lo hice. En un instante, una sombra enorme cayó sobre el animal y se lo llevó.

-Yo escuché cuando atacó a la vaca -dijo Vicente tímidamente.

Todos se dieron vuelta para mirarlo, entonces continuó diciendo:

-Anoche me sorprendió la oscuridad en la calle. Corrí hasta el local, pero estaba cerrado. Cuando huía hacia mi casa, el monstruo me persiguió. Ya casi me alcanzaba,

cuando se escuchó el ladrido de un perro. Aprovechando esa distracción, corrí tan rápido como pude y alcancé a meterme en la casa. Por un momento creí que iba a derribar la puerta, pero comenzó a olfatear el aire y desapareció. Luego escuché a lo lejos el alarido y el mugido de la vaca. Después, nada más.

Juan se acercó a Vicente, y poniéndole una mano en el hombro le dijo:

-Sos el único que tuvo la suerte de escapar. Esa cosa jamás había fallado antes. Es como un fantasma. Nadie sabe de donde viene ni cuando aparecerá, pero el monstruo sabe como tomar desprevenida una presa y no deja ningún rastro.

-Se me ocurre un plan -dijo uno de los jinetes-. Juan tiene razón. Nunca sabemos cuando esa cosa va a aparecer, ni de donde; por eso tiene la sorpresa de su lado. Nosotros tenemos que ponerle una trampa y esperar a que aparezca. Entonces, cuando lo haga todos juntos disparamos desde nuestras casas y la matamos.

-Sí, ¿pero...qué trampa? -interrogó Vicente.

El paisano bajó la vista y respondió casi con vergüenza:

-Alguien tiene que quedarse esta noche en la calle, como señuelo, mientras nosotros lo vigilamos.

-Pero eso no puede ser -dijo Vicente con espanto-. ¿Y si fallan cuando le disparan a la bestia? ¿Y si las balas no le hacen nada? ¿Qué pasaría con el pobre que hiciera de cebo?

-Moriría sin remedio -replicó el hombre-. Pero tenemos que correr el riesgo, o nunca viviremos tranquilos. Nunca más.

Vicente desafiando a los presentes preguntó, mientras los miraba uno a uno:

-Bien, ¿quién de ustedes se ofrece para este plan?

Todos quedaron atónitos. Se miraban todos entre sí, sin animarse a dar un paso al frente. Era evidente que nadie tenía la intención de ofrecerse como voluntario.

Entonces Juan dijo:

-¿Por qué no lo echamos a la suerte? El que saque la carta más baja, se queda esta noche en la calle -mientras mostraba en su mano un mazo de naipes.

Ninguno estiró su mano para tomar una.

-Esto no resultará -dijo Vicente- Todos le tienen mucho respeto a la vida como para jugarla a una carta.

-Es verdad -dijo una voz en la multitud.

Luego abriéndose paso entre los vecinos, un hombre que hasta el momento había permanecido callado, habló:

-Tengo la solución -miró a su alrededor y agregó-. Hay una persona en el pueblo, a la que todos conocemos, y que no pondrá ninguna objeción en que la usemos.

Luego de esas palabras señaló con su mirada en dirección a “Ché”, que en ese momento se hallaba sentado en la esquina opuesta mirándose los pies con la sonrisa inexpresiva y babeante que acostumbraba. Todos siguieron con la mirada, lo que les mostraba, y en sus rostros comenzó a dibujarse una sonrisa maliciosa por haber encontrado al candidato perfecto.

-¡No! -dijo Vicente con alarma e indignación-. No pueden hacer eso. ¡No deben

hacerlo! Es inhumano. El pobre “Ché”, ni siquiera tiene la oportunidad de elegir.

-Por eso mismo. Es la única persona a la que nadie va a extrañar si esto falla. No tiene familiares, ni nadie que lo llore. No tiene trabajo, ni casa. No es útil a nadie. Parece inhumano pero es así.

-No importa -replicó Vicente-. Nadie tiene el derecho de decidir sobre la vida o la muerte de otra persona. Además, ustedes que tanto creen que él no sirve para nada, constantemente lo están usando para todo. Todos los aquí presentes lo han usado para algún mandado.

-Usted tiene razón -lo interrumpió una mujer-. Pero es el menos indicado para opinar. Usted no es de aquí. No sabe lo que significa vivir como nosotros lo hacemos. Siempre con miedo. Siempre asustados en las noches. Ya ni recordamos como brillan las estrellas en el cielo. No podemos abrir las ventanas, ni la puerta. Siempre con nuestros chicos aferrados a nuestras manos por miedo a que les suceda algo. Estamos presos en nuestro propio pueblo. En nuestras propias casas. Usted no tiene ningún derecho. En cualquier momento se toma el tren y se marcha de este pueblo, y listo, se terminan sus problemas. En cambio nosotros seguiremos padeciendo esto hasta que no hagamos algo definitivo. Y ya estamos cansados. Y lo vamos a hacer aunque a usted no le guste.

Vicente suspiró profundamente. Muy en su interior comprendía a esa gente. Sentía una profunda tristeza pues sabía que en parte tenían razón. Él no tenía nada mejor que ofrecer, así que se resignó y escuchó los detalles del siniestro plan. Se reclinó contra un tronco que servía de asiento y con la cabeza gacha oyó.

-Hoy a la noche le decimos a “Ché” que se quede sentado en la mitad de la calle, bajo el farol de la esquina, para vigilar... qué sé yo... cualquier cosa. Todos nosotros esperamos con nuestras armas mirando por las ventanas, con las luces apagadas. Cuando el monstruo aparezca para atacar al bobo, disparamos todos al mismo tiempo. Pero tenemos que estar bien seguros de no dispararle a cualquier cosa. Debemos esperar a que “la cosa” esté bien a la vista, o sea bien cerca de “Ché”.

Todo estaba decidido. Esa noche quizás “Ché” dejara de existir. Vicente se marchó angustiado. Caminaba rumbo a su casa, como si los pies le pesaran toneladas. No sabía por que, vino a su memoria la escena contada por Don José, de doña Filomena defendiendo a “Ché” de esos muchachotes que lo martirizaban haciendo peligrar su vida de manera tan inconsciente. Hoy no eran chicos los que mandaban al bobo a una muerta segura. No había dudas. Don José tenía razón cuando le dijo que en ese pueblo no había nada que valiera la pena. Dió una mirada al pobre “Ché”, quizás la última, que se encontraba perdido en su locura. Y luego continuó la marcha hacia su casa.

El día pasó lentamente para Vicente. No podía alejar de su mente lo que pasaría esa noche, que ya casi llegaba. Transcurrieron unas horas más. Miró desde la puerta de su casa los últimos preparativos. Vió a dos vecinos acomodando a “Ché” en un banquito, bajo el farol. Un poco más allá , en varias ventanas, algunos curiosos observaban la escena divertidos. Los dos traidores dieron algunas palmadas en la espalda al bobo y se alejaron apresuradamente. Luego, el ruido de las trancas y cerraduras cerrándose. Vicente contempló a “Ché” muy solo debajo de la mortecina luz esperando, sin saberlo, las últimas horas de su pobre existencia. Se sentía casi responsable de aquella locura. Sentía una rabia mortal por su propia cobardía, y se introdujo en la casa.

La noche llegó, y con ella una tormenta de viento que dificultaba la perspectiva de quienes tenían que velar por “Ché”. Todos los sonidos eran sospechosos. Todas las sombras. La tierra de la calle se arremolinaba con el viento, impidiendo la visión.

-¿Cómo van a ver los vecinos cuando llegue la cosa, a tiempo para salvar a “Ché”? -se recriminaba a sí mismo Vicente. No podía dejar de caminar nerviosamente por la habitación entre la preocupación y el remordimiento. Súbitamente una gran rama se precipitó al suelo. No supo diferenciar si el aullido que se escuchó había sido por el viento o por la criatura que venía en busca de su víctima.

Vicente no aguantó más. Abrió la puerta sobreponiéndose al miedo, y salió corriendo hacia la esquina donde se encontraba “Ché”. Escuchaba ruidos por todos lados, la tierra se le metía en los ojos, y lo obligaba a correr con los mismos entrecerrados. Tropezando, llegó por fin al lado del bobo. Lo tomó del brazo y trató de arrancarlo de la esquina. El pobre “Ché” sin entender, se resistía, tratando de cumplir con el encargo que le encomendaran los vecinos unas horas antes.

Comenzó a escucharse el sonido de algunos cerrojos que se descorrían. Con desesperación Vicente, consiguió arrastrar de ese lugar al señuelo, al tiempo que sentía el crujir de ramas por todos lados.

Algunos vecinos maldecían a los gritos, escuchaba sus insultos. La desesperación por llegar a la casa crecía más y más. No podía correr con el bobo a la rastra, y encima resistiéndose a ser rescatado.

Ya se encontraba casi en la puerta de la casa.

-Un poco más -se dijo y conseguiré rescatarlo. Tropezó mil veces antes de llegar al interior.

Una rama muy grande, acompañada de un fuerte golpe, cayó casi sobre sus talones. Sin atreverse a mirar para atrás dió un fuerte tirón del brazo de “Ché” mientras sentía en sus espaldas un tétrico gruñido.

El bobo fue a caer, rodando al fondo de la oscura habitación mientras Vicente se zambullía de cabeza en el interior de la casa. Rodando sobre su cuerpo llegó hasta la puerta, cerrada justo a tiempo. La tormenta comenzaba a amainar.

Vicente todavía de rodillas, espiaba con ansias y temor por la ranura que había utilizado la noche que viera a la bestia la primera vez. Nada se veía en el exterior. La tormenta se había tornado en silencio. Nada se movía afuera.

Un susurro que venía del fondo del cuarto le llamó la atención. A sus espaldas comenzó a escuchar un jadeo que crecía con intensidad. Vicente quedó petrificado por el miedo. Conocía esa respiración dificultosa.

Se fue dando vuelta lentamente en dirección al sonido. En el oscuro rincón en el que había caído “Ché”, una sombra crecía más y más... lentamente. De a poco dos pupilas luminosas y rojas se fueron abriendo, mientras contemplaban fijamente a Vicente con furia, quien en medio de la oscuridad comenzaba a tiritar y a sentir que un sudor frío bañaba todo su cuerpo tembloroso.

A medida que la sombra crecía comenzó a abrirse una enorme boca en la que relucían unos colmillos blancos... muy blancos...

Desde el exterior se podía escuchar el ruido de un cerrojo que con desesperación no acababa nunca de abrirse.

La jadeante respiración fue aumentando su volumen y convirtiéndose en gruñido y luego en un fantasmagórico aullido largo, muy largo que taladró la noche y la región de un pueblo llamado “Sauce Viejo”.

 

 

FIN

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